Suelen ser personas con baja autoestima, muy críticos consigo mismos, que necesitan reafirmarse, todo el tiempo, a través de su propio comportamiento o del que otros tengan hacia ellos. Con muchísimo miedo, excesiva preocupación por el futuro y dependencia del pasado. Podríamos decir que este suele ser el perfil de una persona propensa a sufrir una adicción emocional, cuyo problema se manifiesta de diferentes maneras, como la necesidad de estar constantemente preocupado por algo, de ser pesimista, de estar enfadado o en conflicto con otros, o  por  la continua demanda de atención o afecto por parte de otras personas.

Así es como se les describe en general, pero lo cierto es que nadie está exento de caer en una adicción emocional, independientemente de sus características de personalidad, explica la doctora Marisa Navarro, terapeuta y autora del libro La Medicina Emocional. La experta afirma que este tipo de adicciones son un problema muy serio, pudiendo llegar a ser tan destructivas como cualquier otra adicción, al depender completamente nuestro “bienestar”, de los pensamientos,  sentimientos y comportamientos hacia otras personas, y de los que ellos tienen hacia nosotros. Lo que puede generar estados constantes de ira, tristeza, preocupación, y hasta problemas más graves como ansiedad o depresión. Cuando hablamos de las adicciones emocionales, pensamos en las que se dan en la pareja, pero  también se dan con los hijos, los padres e incluso con los amigos.

“Generalmente los que lo sufren se encuentran en un estado de ansiedad continua, pero que ellos entienden como normal. Cuando no lo tienen sienten que algo les falta y se deciden firmemente a buscarlo, con estrategias de todo tipo, hacía la persona por la que sienten esa adicción”, explica la doctora Navarro. Por ejemplo, en el caso de las personas cuyo bienestar depende del comportamiento de otros, viven analizando cada paso que ha llevado a cabo la otra persona, imaginando qué está haciendo o qué hará, buscando justificación ante hechos que entienden como desconsideraciones o desplantes, hasta el punto de poder sentirse responsables de ellos. También pueden actuar demandando la atención del otro con actos contra sí mismos, o por el contrario con detalles y regalos, con tal de tener a la otra persona cerca o pendiente de ella.

Estas personas a su vez pueden tener comportamientos muy distintos, y así, los hay que no entienden su vida si no es en conflicto y haciendo de la discusión casi una afición, o de la ira su estado natural, yendo por la vida arrollando a los demás,  incluso llegan a no entender la felicidad si no es a costa de la infelicidad de otros. También los hay enganchados a sentir preocupación y a ser pesimistas, y estos buscan, hasta lo mas profundo, pensamientos negativos para sentirse tristes, desamparados y desgraciados. Da igual que aparentemente todo les vaya bien. Ellos nunca estarán ni contentos, ni tranquilos.

Pero ¿por qué nos volvemos adictos a la emociones? La respuesta estaría en nuestras neuronas. Nuestros pensamientos generan sentimientos y estos, a su vez, hacen que se segreguen unas determinadas sustancias en nuestro cuerpo muy adictivas. Es decir, sin darnos cuenta acostumbramos muy rápidamente a nuestro cerebro a pensar o sentir de determinada manera, hasta el punto que demanda ese estado de ánimo, como lo hace con cualquier otra adicción. Pero sobre todo, porque lo acostumbramos a sustancias como la adrenalina y el cortisol, enormemente adictivas, hasta el punto de crear receptores en las membranas de nuestras células, que van a permanecer ahí durante muchísimo tiempo demandándolas.

Para poder solucionar este problema, la doctora Marisa Navarro explica que como en cualquier otra adicción, primero hay que reconocerla y después querer ponerle solución. Esto resulta difícil y requiere mucho esfuerzo, porque siempre es complicado tanto aceptar lo que nos está pasando, como renunciar a una costumbre o hábito que tenemos tan instaurado. Por ello es normal que la persona emocionalmente dependiente siempre encuentre excusas para justificar su comportamiento, como por ejemplo “es que yo soy así”, “a mis años no se puede cambiar”, o cosas por el estilo.

Si se ha tomado la firme decisión de querer desengancharse de estas adicciones, hay que aprender a reconducir nuestro cerebro siendo muy conscientes de que ello es posible, sin olvidar que el trabajo es lento y dificultoso.

La fórmula para superarla es distancia mental y tiempo. La distancia mental requiere que seamos “detectives de nuestros pensamientos” para ser conscientes de cuáles son los que nos están provocando esos sentimientos de sufrimiento y tras reconocerlos, poder cambiarlos. Con la constancia y el tiempo necesario llegaremos a superar estas adicciones emocionales.