Este fin de semana se ha celebrado el Día Mundial del Cerebro, una fecha impulsada por la Federación Mundial de Neurología,  que bajo el lema “Aire limpio para la salud del cerebro”, ha querido incidir en el impacto negativo que la contaminación del aire tiene en la salud cerebral.

 

Estimaciones recientes señalan que anualmente se producen más de 9 millones de muertes atribuibles al aire contaminado, que cada año causa más de tres millones de muertes prematuras en el mundo -27.000 de ellas en España-  y  que al menos el 90% de la población respira aire con niveles superiores a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, principalmente debido a la contaminación del tráfico. Unas cifras que según ha dado a conocer la semana pasada la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), podrían duplicarse o incluso triplicarse en el año 2060 si se mantienen las tendencias actuales.

 

“Los efectos que tiene la contaminación ambiental en la salud son numerosos y en ningún caso los podemos reducir a la salud pulmonar. En los últimos años son muchos los estudios que han encontrado evidencias significativas sobre cómo la contaminación del aire afecta a cerebro y cómo está dañando la salud neurológica de la población”, señala el Dr. Juan Carlos Portilla, Vocal de la Sociedad Española de Neurología. “Las partículas contaminantes que entran en nuestro cuerpo, principalmente a través del sistema respiratorio y digestivo, llegan al cerebro a través de torrente sanguíneo y la lista de efectos negativos que pueden generar en nuestra salud neurológica es amplia: desde diversos problemas vasculares que afectan a nuestro cerebro hasta estrés oxidativo, respuestas inflamatorias, deterioro de los mecanismos de protección de la barrera hematoencefálica o daños en las células cerebrales o en el material genético, que no solo producen enfermedades neurológicas sino que también envejecen nuestro cerebro”. 

 

Un reciente estudio llevado a cabo por el Global Burden of Disease señala que hasta el 30% de los ictus que se producen cada año son atribuibles a los contaminantes del aire. Y, aunque aún se tienen que realizar más estudios al respecto, son muchas las investigaciones que ya sugieren que la contaminación podría desempeñar un papel relevante en el desarrollo de ciertas enfermedades cerebrales como autismo, trastornos por déficit de atención, demencias, Parkinson, cefaleas o que influyen de manera negativa en el proceso de maduración cerebral o en el desarrollo cognitivo de los niños.

 

“En los últimos años cada vez son más las sospechas de la comunidad científica sobre el papel que  la contaminación del aire desempeña en un gran número de síndromes y enfermedades neurológicas. Llevar a cabo estrategias efectivas de política ambiental y de salud dirigidas a reducir la contaminación del aire podría ayudar a prevenir numerosos  trastornos neurológicos graves y comunes”, destaca el Dr. Jesus Porta Etesam, Director de la Fundación del Cerebro.  “Además, actualmente ya se sabe que el aire contaminado es un factor de riesgo importante para las enfermedades cerebrovasculares así como para los trastornos neurodegenerativos. Teniendo en cuenta, que son las principales causas de mortalidad en nuestro país y que en España cada año aumentan el número de personas afectadas por una enfermedad neurológica creemos que es urgente realizar cambios que eviten que la población se vea tan expuesta a la contaminación”. 

 

Pero no solo la contaminación del aire es un factor de riesgo para las enfermedades neurológicas. La Sociedad Española de Neurología (SEN) ya advirtió en 2012 de la alta neurotoxicidad de ciertos productos químicos a los que se ven expuestos los españoles en su puesto de trabajo. Se estima que el 17,6% del total de los trabajadores españoles manipula contaminantes químicos y que el 22% de los trabajadores europeos inhalan humos y vapores durante una cuarta parte de su vida laboral, que es la vía de absorción de sustancias neurotóxicas más frecuente.

 

“La exposición a neurotóxicos afecta a los procesos celulares que intervienen en el transporte de membrana y a las reacciones intracelulares, interfiriendo en la neurotransmisión. Además también pueden atravesar la barrera hematoencefálica, afectando directamente al sistema nervioso”, explica el Dr. Juan Carlos Portilla. “Y las consecuencias pueden ser muy graves: la exposición a pesticidas se asocia a un mayor riesgo padecer Parkinson y Alzheimer; los disolventes pueden ocasionar síntomas neuropsiquiátricos o incluso daño neuronal; se ha descrito parkinsonismo por alta exposición al manganeso y al plomo; y la exposición a metales participa en la formación de placas seniles y en la muerte neuronal; etc.”.