“Es como un pozo al que caes, y sigues cayendo, y sabes que no vas a dejar de caer”, cuenta Víctor Maíllo. Así transcurre su vida desde que, hace 11 años, a su mujer le fue detectada una enfermedad neurodegenerativa. Cadasil, por sus siglas en inglés. La misma dolencia que acabó por postrar a su suegra en una cama. Su esposa, Ana Isabel Cordón, tenía 39 cuando se enteró. “Es incurable e imparable”, afirma el marido en el salón de su casa, en la localidad madrileña de San Fernando de Henares. Al lado está ella, en su silla de ruedas, dirigiendo la mirada a ratos a sus manos, a ratos a la televisión. “No camina. Tiene visiones. Habla con familiares fallecidos desde hace años… Me cuesta mucho moverla, sufre ataques. A veces se niega a comer. No tiene calidad de vida”, dice Maíllo, desesperado… Más