Los  seres  humanos  acostumbramos  a sentir el  verdadero  valor de la  familia,  el  tiempo,  el trabajo,  la  libertad,  cuando  nos  faltan.

         Habituados  a disfrutar de ellos, solo ante el temor a perderlos, cuando percibimos que peligran, activamos nuestras defensas: protegemos con mayor cuidado a la familia o creamos otra nueva, luchamos por nuestro  trabajo para evitar quedarnos  sin  él,  o defendemos con mayor ahínco la libertad, ese don de los dioses del que no todos  los  pueblos  disfrutan. Solo  el  inexorable  paso  del  tiempo  carece  de  remedio.

         Transcurre tan rápido, que a  menudo  quedamos  perplejos al contemplar  cómo  se  nos  acaba  el tiempo.

         Tras  una vida  que creímos  iba  a ser más  prolongada en el tiempo, de repente, nos encontramos de bruces con la vejez, con la escasez de tiempo.  ¿Cómo  gestionar  esto?  ¿Cómo  optimizar la falta  de  tiempo?

         Sin duda, intensificando cada año, cada mes, cada semana, días, horas, minutos  y  segundos  que  resta   de  nuestro  escaso  tiempo.

         No siempre es fácil;  a veces, puede resultar una  ardua tarea, casi  imposible: la  indeleble  huella del  tiempo ha podido dejar tan  debilitado el  organismo que ofrezca  serios  obtáculos  para conseguirlo. Pero  en la mayoría  de los casos no es así  y  podemos  intensificar sin  problemas  físicos  nuestro   menguado   tiempo.

         La experiencia es la historia de cada vida condensada a lo largo del tiempo. ¡Y cuánta  experiencia  acumula  un viejo!  ¿Se  aprovecha toda esa riqueza acumulada a lo largo del  tiempo? ¿Se  imaginan  la inmensidad  de  conocimientos  que  pueden   irradiar  los  viejos?

          En la actualidad, la mayoría de nuestros mayores llegan a serlo en óptimas condiciones, sin que les haya deteriorado en exceso el paso del tiempo, por lo  que, tras  la  jubilación,  encuentran  la  última  oportunidad para  iniciar o  completar inacabados proyectos, entre los cuales  suele  estar  la  ampliación  de  conocimientos.

         Por ello es  necesario facilitar a  este amplio colectivo la posibilidad de  culminar esos proyectos, sobre todo de una forma bidireccional: por un lado, impartiendo conocimientos a las personas de la  llamada tercera edad, y, por otro, que  los  conocimientos  atesorados  por ellos se  irradien   al  resto  de  la  sociedad.

         ¿Cómo?  Haciéndoles agentes activos de los centros de enseñanza donde se  intercambian conocimientos. La sociedad no puede permitirse que  lo más valioso, experiencia y conocimientos, se  pierdan a medida que   desaparecen  quienes  más  los  atesoran. 

          Málaga reúne las condiciones idóneas para poner en marcha un centro de estas  características.  No se  partiría  de cero. Dispone, como en otras muchas ciudades, de la Cátedra Intergeneracional, aunque tan alejada del centro de la ciudad que dificulta considerablemente su funcionalidad.

          Pero tiene una magnífica edificación, La Térmica, en el sector Carretera de Cádiz, Distrito Oeste, amplia  y  luminosa, infrautilizada, que podría  cubrir a  la perfección dicha finalidad, al acercar definitivamente un  centro  idóneo, tan necesario, a  la numerosa  población de  jubilados que   viven  en  la  ciudad.

          Acercar la Cultura y el conocimiento a los mayores, y, a su vez, hacerles partícipes del intercambio de conocimientos, enriquecería en gran medida a una sociedad verdaderamente inclusiva y evitaría la  sensación de vacío y  la percepción  de inutilidad que produce en la Tercera Edad,  comprobar cómo se prescinde de su experiencia y conocimientos, y, ¿por qué no?, de toda  esa  sabiduría acumulada a través   del   tiempo.

Joaquín  Sama  Naharro

Psiquiatra

 

Enviado por José Antonio Sierra