Por José María Atienza Borge 

Corría el veinte de abril de mil novecientos veintiuno. Y era miércoles, día de faena en toda Castilla. El trigo verdearía ya sobre los campos y se elevaría algunos palmos sobre la tierra. Pronto comenzarían a surcar el cielo los primeros vencejos y las primeras lavandas y amapolas silvestres colorearían el campo de violetas y encarnados. 

Colorear… 

Una palabra tan evocadora hoy como inocente me resultó durante la niñez. Pintar, dibujar y colorear eran hasta ahora pueriles recuerdos de mi infancia, pero hoy me transportan fascinante y venerablemente al recuerdo de mi abuela. 

Se llamaba Regalo de Dios. Teodora. Θεοδώρα en griego, que significa Regalo de Zeus. Y uno de sus entretenimientos favoritos en el último tramo de su vida era colorear sencillos mandalas para niños. Eso era precisamente lo que hacía la última vez que la vi. Sin salirse de los bordes, combinando los colores a la perfección, dedicándose a ello con esmero. “Debe estar deseando que la saque a dar un paseo por la galería de amplios ventanales” —pensé yo, creyendo que aliviaría así el tedio de su rutina. Pero la realidad era que la encantaba pintar. No es que matara el tiempo con sus pinturillas, es que disfrutaba haciéndolo. 

—¿Por qué me quitas de pintar? —me preguntó cariñosamente aquella mañana y me miró a los ojos con una sonrisa. Su rostro irradiaba la dignidad de siempre. Afable, tierna y risueña, pero sincera. Y sonriente. Aquel talante lo llevaba embebido a su piel como una delicada fragancia. 

Formuló la pregunta y yo me detuve a medio camino entre la sala de estar comunitaria y la galería de amplios ventanales. Y entonces me percaté de 

algo. Mi corazón y mi razón, mi ego en todo caso, no albergaban duda de que le vendría bien salir de la sala de estar y darse un baño de sol por la galería, pero aquella vez no insistí. Me hice cargo más que nunca de la tremenda dignidad que revestían sus decisiones, de la increíble consciencia y entereza que rodeaba toda su anciana vida. A mi abuela no se le escapaba un detalle. 

Y así regresamos a la sala. Pinté con ella durante más de una hora. Pinturilla en mano, a veces en silencio, a veces sopesando entre las dos el color más adecuado para pintar la trompa de un elefante o la bellota que cargaba en su lomo una ardilla. Nubes y arco iris, duendes y hadas del bosque, cohetes espaciales multicolores. Mi mano acariciaba de tanto en cuando su nuca y ella me miraba y sonreía. Y entre un colorín y otro me preguntaba cuando me casaría, si mi novia actual sería ya la definitiva, si me veía más guapo o más gordito. Y yo la interrogaba acerca de su interés por ver el mar y le prometía que disfrutaríamos juntos de muchas cosas cuando llegara el buen tiempo. 

Cuando me marché aquella mañana leí un agradecimiento especial en sus ojos. Esta vez tenía un matiz distinto a otras ocasiones, así lo percibí yo. Más solemne, más hondo. Antes de bordear el alfeizar de la puerta me giré para mirarla por última vez. Me gustó comprobar que ella también me seguía con la mirada. Y comprendí cuan bello es tratarse como a iguales a cualquier edad, cuan imprudente es creer que el exceso de energía de los que somos más jóvenes puede llevarnos a decidir por ellos y restarles un ápice de su dignidad. Nunca jamás dejé de aprender cosas valiosas al lado de mi abuela, y aquella última vez no fue una excepción. 

Pero ahora deseo hacer una pausa y viajar atrás en el tiempo, recrearme en el momento de su nacimiento. Mientras la pequeña Teodora veía la luz por vez primera en el pequeño pueblo castellano de Castromocho, los romeros silvestres y los tomillos primaverales comenzarían a prorrumpir en cada vereda del camino, a inundar los accesos del pueblo con su fragancia. Comenzaba el estallido de la primavera. 

Pocas semanas antes de su alumbramiento, Charles Chaplin había estrenado en Estados Unidos su película El Chico, la localidad de 

Proszkow en Polonia estaba a punto de registrar la temperatura más alta de su historia, 40,2 °C y en Suecia las mujeres habían visto reconocido su derecho a votar. El mundo entero vibraba en su frenético girar. En España, el astrónomo José Comas y Solá acababa de descubrir el asteroide 945 desde el observatorio Fabra de Barcelona y el escultor palentino Victorio Macho exponía su obra en el palacio de Bibliotecas y Museos de Madrid. Días atrás había sido asesinado el presidente del gobierno Eduardo Dato y pronto moriría la escritora y feminista Emilia Pardo Bazán. Uf… cuantas cosas suceden a diario en el mundo… 

Pero lejos del bullicio y la vorágine, en el humilde pueblo de Castromocho, nacía un regalo de los dioses que apenas pesaría dos o tres kilitos. 

Ayer hubiera cumplido noventa y nueve años, pero un virus letal y despiadado decidió acabar con su vida. No pudieron con ella la guerra ni los años de escasez, tampoco la dictadura ni la viudedad temprana, no la doblegaron el desánimo ni las dificultades, ni la soledad, ni las neumonías, ni la fatiga de los años. Nada le borró jamás la sonrisa de los labios. Tuvo que ser un virus ridículamente minúsculo, un veneno de forma redondeada y con espigas en forma de corona que apenas supera nanocentímetros de tamaño, una ponzoña que esta recorriendo el mundo entero y matando a miles de personas cada día, el que se haya colado como un genocida despiadado dentro de su cuerpo y haya acabado con ella. 

Y la ha obligado a esfumarse de un plumazo, como un susurro se desvanece en el viento, al igual que una paloma desaparece en el sombrero de un mago siniestro. Sin dejar rastro, sin hacer ruido. Cuanta tristeza me produce esto. Me hiere en lo más profundo. Nada debería privarle a una persona de la compañía de los suyos en el tramo final de su vida. Y apenas un convencimiento muy íntimo es capaz de aliviarme en esta infinita melancolía. Mi confianza en la sabiduría perspicaz de mi abuela y en el extraño don de su eterna sonrisa. Sé que con ellas por bandera habrá cruzado el misterioso umbral de esta vida y que habrá acometido su última misión con dignidad y la cabeza bien alta, orgullosa 

de sí misma, sabedora de que es mucho el amor que le teníamos y mayor aún el que ella nos ha regalado durante tanto tiempo. 

Dejaré que aniden confortablemente en mí los recuerdos de nuestros momentos vividos, como gemas preciosas verdes, azules y rosadas, como zafiros y diamantes a los que se ha de sacar brillo para que resistan fulgurantes al paso del tiempo. 

Tú eres la sonrisa invencible de la que hablaba Albert Camus en mil novecientos cincuenta y cuatro en “El Verano”. Tú eres “la sonrisa invencible que habita en medio de las lágrimas, el amor invencible en mitad del odio, la calma invencible en medio del caos, el verano invencible” en medio del largo invierno que está viviendo el mundo. 

Porque mis recuerdos, cuando piense en ti, quiero que sean esos. Porque como decía Camus, “no importa lo duro que el mundo empuje contra mí; en mi interior hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta”, y ese algo en estos tiempos de oscuridad eres tú.