La afectación de la COVID-19 ha venido para quedarse. No será el único virus que tengamos que enfrentar, habrá más a lo largo de nuestra vida, pero este lo tenemos que incorporar a la cotidianidad. El Primer Ministro irlandés, Sr. Leo Varadkar, ha declarado que debemos prepararnos para mantener las distancias sociales al menos 24 meses, incluso a pesar de contar con una vacuna, ya que se darán mutaciones incontroladas e infecciones provocadas por ellas.

Las situaciones de aislamiento o confinamiento son las únicas que de momento pueden parar los contagios. Después de dos meses confinados en España, con más de 27.300 muertes,  tenemos mucho deseo de volver a la “normalidad”. El Gobierno diseña por fases la desescalada y en la primera semana de experiencia todo apunta a un leve repunte de contagios y fallecimientos. 

El dilema entre economía o salud debe decantarse por la salud, ya que volver a tener un rebrote volvería a cerrar las opciones de reactivar la economía por más tiempo. La ciudadanía debe ser responsable y tratar de no contagiarse y de no contagiar. Por muchos decretos de Estados de Alarma que pongan en marcha, cada persona debe convertirse en agente de freno a la expansión de este asesino en serie.

Hemos visto imágenes de grupos de gente que no guardan las distancias obligatorias, que van sin mascarilla, que no se protegen ni ayudan a protegerse a las demás. Seguimos con preocupación que las medidas de prevención no se apliquen en muchas residencias de ancianos donde el virus ha hecho estragos. Hemos visto aviones llenos sin que las compañías aéreas dejen los espacios libres necesarios para mantener las medidas de seguridad. Les importa más tener beneficios que la vida de sus clientes.

Durante todo este tiempo hemos aprendido muchas cosas, pero me temo que también queremos olvidar demasiado pronto a pesar de ponernos en peligro de nuevo. Tendríamos que asumir los cambios de hábitos en nuestras vidas: salir menos a la calle, no frecuentar espacios grupales sin distancias de seguridad, viajar menos, mantener una higiene preventiva permanente y hacer uso del teletrabajo siempre que se pueda. En definitiva, poner en marcha todos los mecanismos necesarios para no ser transmisores ni receptores.

El virus no está volando ni suspendido por el aire (aunque alguien opina que puede ser que sí), se contagia por la cercanía y los contactos. Y eso es lo que todavía no hemos asumido de forma contundente. La decisión de sobrevivir o autolesionarnos es exclusivamente nuestra, no echemos balones fuera ni señalemos a gobernantes (que los hay torpes y autoritarios) como los responsables. Los últimos responsables quienes habitamos el Planeta. Basta que haya un pequeño grupo de personas irresponsables que no asuman esta línea para que volvamos a vivir un desastre incalculable en pérdidas humanas y económicas. Tenemos que actuar y convencerles para que se sumen a la cordura.

Es la primera vez, en mucho tiempo, en que toda la humanidad nos enfrentamos a un enemigo común. Tenemos la opción de demostrar que hay vida inteligente en la Tierra o que hemos sido tan irresponsables que optamos por la desaparición colectiva.

Francisco Pineda Zamorano.
Experto en Relaciones Internacionales y Cooperación. 

Enviado por José Antonio Sierra